Paradiso: ¿La música como presagio en la era del algoritmo?
En una industria musical dominada por la inmediatez del streaming y la tiranía de las listas de éxitos, la irrupción de un proyecto como Paradiso y su obra debut, El Ángel Exterminador, no es solo un lanzamiento más; es un acto de rebeldía conceptual. En un momento donde las canciones se consumen como snacks auditivos de treinta segundos, este colectivo europeo-mexicano nos entrega no un álbum, sino un artefacto ritual que exige tiempo, atención y una voluntad activa de desciframiento. Su propuesta plantea una pregunta incómoda y necesaria: ¿hemos olvidado cómo escuchar?
La esencia de Paradiso radica en una contradicción fundacional poderosa: ser «una banda europea con alma mexicana». Esta no es una mera etiqueta de marketing, sino el núcleo de su estética. En su sonido convergen el pensamiento simbólico y ancestral mesoamericano —el náhuatl, el maya, la visión tolteca— con la sensibilidad y la herencia musical europea. El resultado es un collage post-humano donde un bolero se quiebra con un glitch digital, una invocación chamánica precede a una secuencia post-punk, y una calculadora Casio tiene el mismo valor sonoro que un instrumento vintage. Es una metáfora perfecta de un mundo globalizado y fragmentado, donde las identidades ya no son puras, sino mestizas y en constante diálogo, a veces caótico.
Sin embargo, el gesto más radical de El Ángel Exterminador no está en su fusión de géneros, sino en su estructura palindrómica y su mitología autocontenida. Al afirmar que puede escucharse «hacia adelante o hacia atrás», que sus silencios siguen pulsos lunares o que revela «recuerdos que no son tuyos», Paradiso trasciende el marco de lo meramente musical para adentrarse en lo literario y lo performativo. No venden canciones; venden un enigma, una experiencia. En la era del algoritmo, que busca categorizar y reproducir hasta la saciedad, Paradiso crea una obra que se resiste a la clasificación fácil y cuyo significado último parece depender, deliberadamente, de la subjetividad del oyente.
Por eso, su declaración final —»Paradiso no es una banda: es un presagio»— debe tomarse en serio. Más que una profecía apocalíptica, es un presagio sobre el propio destino del arte sonoro. ¿Es aún posible crear obras totales, cargadas de simbolismo y exigencia, en un ecosistema digital que premia lo efímero y lo desechable? Paradiso responde con un monumento labrado en las grietas de ese mismo ecosistema. Su éxito no se medirá en reproducciones, sino en su capacidad para crear una comunidad de descifradores, de oyentes que, como ellos piden, estén dispuestos a «escarbar entre los escombros buscando belleza». En ese sentido, su verdadero álbum no es el que suena, sino el debate y la reflexión que busca despertar.