Chini.png y la construcción de un universo audiovisual propio | Entrevista

Desde Chile, Chini.png continúa expandiendo un universo musical profundamente personal con Vía Lo Orozco, su segundo LP. Grabado en vivo y marcado por la memoria, la infancia y el viaje como experiencia emocional, el disco confirma la sensibilidad y fuerza creativa de María José Ayarza dentro de la escena alternativa sudamericana. Tras su más reciente visita a México en la pasada edición del Festival Flotante, la artista vuelve a conectar con el público a través de este nuevo material. En esta entrevista realizada por el equipo de Rokkers, Chini nos habló del origen del álbum, su imaginario audiovisual y los caminos que la llevaron a mirar hacia atrás para seguir avanzando.

Al ver videos como ‘Tímida’ y el resto de los visuales de tu último álbum, llama mucho la atención tu faceta creativa como directora. En ese sentido, ¿Qué cosas te están inspirando más últimamente fuera de la música y, qué sientes que están aportando a tu proceso creativo en este momento?

CHINI: Creo que cambio un poco de referente como que cada semana; me interesa algo distinto y voy haciendo como pequeñas anotaciones, a veces más de literatura, a veces más de ciencia. Me gustan como las cosas extrañas, las casualidades, los casos como extraños. En este momento estoy leyendo el libro Carnage —o sea, es más largo el nombre—, pero de Nick Cave, en inglés. Siempre me han gustado mucho también como las cartas que responde a los fans, en Red Hand Letters, creo que se llama. Es un blog que tiene él y varía harto.

Para ‘Manflorita’ estaba más obsesionada con intentar hacer una suerte como de pequeño musical, o de invitar amigos a bailar, y que tuviera como esta onda entre algo medio japonés —de un monstruo japonés— y algo más médico, porque es una canción que trata un poco de algo relacional, de algo de pareja, pero también del COVID y de mi abuela falleciendo. Mis dos abuelas fallecieron en una época en que había mucho aislamiento social, entonces tratar un poco de hablar de eso también. Entonces va variando harto, depende como mucho del video. Por ejemplo, Tímida, que es un video en clave de videojuego, que lo hicimos con dos amigos, con Antonio Villamando y Mr. Paint, y que creo que se adentra más —al igual que Vía Lo Orozco, que es la intro del disco— en el concepto propiamente tal del disco.

Que es un lugar de infancia y que se llega mediante un bus desde ese lugar hasta la capital, y todos los lugares por los que va pasando, como una suerte de ritual o de arco del héroe, pero en versión niña y en versión de lo rural a lo urbano, si se quiere.

Entonces también, claro, hay un concepto que hablábamos harto: es como que, en general, uno en los videojuegos tiende a tener que terminar una etapa para avanzar, y quizás queríamos que en esta fuera como algo más circular, ya que ahonda como en la memoria, en el error. Por lo general, videojuegos como Super Mario 3, si bien son súper lineales, también tienen un momento en que tú, no sé, pues con la flauta podés viajar de un mundo a otro, o como saltarte ciertas etapas.

Creo que cuando uno está haciendo un disco sobre la memoria o sobre la infancia —ya el disco anterior había sido muy “collage”—, pero creo que este lo es todavía más, es más fragmentario, porque habla como de algo que no me acuerdo bien cómo era, que es como mi lugar favorito de infancia, pero no lo recuerdo del todo bien.

Así que son distintas referencias. En este caso, la referencia principal de este disco fue como el viaje en bus; los buses interregionales, la estética noventera que tienen como los textiles, y que es algo que va a estar presente como en su lanzamiento en vivo: el interior de un bus y el textil propio de los asientos. La misma carátula, que la trabajamos con Marcos Sánchez, donde yo le explicaba que: “Tengo esta foto donde salgo yo con esta máquina al tiempo que hice, con una caja de zapatos cuando niña”, y eso meterlo dentro del bus. Y ojalá que el bus represente como los asientos hacia atrás, como esta suerte de reverberancia de la música y de la memoria también, por supuesto, como que va hacia atrás y va hacia adelante; por eso está como esa repetición media infinita.

Me recuerda mucho a la portada del disco de Tame Impala, Inner Speaker, que tiene esta repetición de bosques hacia atrás. Yo quería algo similar, pero con los buses y tomando estas fotos en consideración. Entonces, claro, para este disco en particular, pues la niñez, la memoria y toda la estética propia de criarse en los 90: de estos buses, pero también de la iglesia. Como que uno era a la fuerza cristiano; lo quisiera o no, te tocaba una educación cristiana. El estado de la iglesia muy presente, la televisión muy presente como agente de crianza de los niños, eso.

¿Recuerdas cuál fue la primera canción —o el primer momento— en el que, al escuchar algo que habías compuesto, sentiste: ‘esto ya suena a mí’? Más allá de tu etapa anterior con Chini and the Technicians, ¿en qué punto sentiste que encontraste el sonido y la identidad que realmente querías para este proyecto?

CHINI: Creo que igual, con los Technicians, me sentía cómoda; o sea, sí me sentía representada por la música que estábamos haciendo. Pero sí, claro, en la composición, Roberto González —éramos cinco, pero él era esa dupla de composición—. Con él tuve las primeras canciones; por ejemplo, ¿Por qué yo no? fue una canción de denuncia, porque yo en ese momento tenía una pareja muy machista que decía que yo no podía, que yo nunca me iba a poder dedicar a la música como él, o como que él era artista y no era para mí ser artista. Entonces ahí mi amigo me acompañó, hicimos esta canción que se llamaba ¿Por qué yo no?, que fue la primera, y yo sí la sentí muy mía, porque era como que, a través de la rabia, pude hacer mi primera canción, por muy tímida que yo era en ese momento.

Después, ya como solista, algo que había sentido así “mío”… bueno, todo el primer EP me gustó mucho, mostrar una faceta más. Tiene como dos canciones que son más bossa nova, que es algo que no he vuelto a hacer, pero que sí hice en ese primer EP, que son Fisura y Triángulo de las Bermudas. Pero creo que la canción que siento más mía, si bien es algo que quizá a la gente le gustó mucho —que es una canción muy suavecita—, que es Fricativa Velar Sorda, a mí la que más me gustó fue Plan C. Siento que he seguido haciendo canciones como de esa, como una tónica bien energética, como una energía que va hacia adelante.

Más allá de la letra, a veces puedo estar hablando de cosas muy terribles y después escucho que la gente la pone para despertarse o para darse ánimo para empezar el día, pero musicalmente es como algo que tira para arriba, o que va como hacia adelante.

Cuando estás componiendo, ¿qué tanto te permites equivocarte? ¿Hay ‘errores’ que hoy agradeces haber dejado porque terminaron definiendo una canción o incluso tu estilo? O con el tiempo… ¿Ya identificaste las cosas que sabes que te permites hacer?

CHINI: Yo quizás, como no estudié música, me demoro mucho; hay ciertas cosas que me cuestan un montón. Pero creo que también es interesante trabajar con la disonancia, “ver a dónde te puede llevar”. Me cuesta entrar en ella porque después no sé cómo resolver.

Creo que cuando uno estudia música, tenís como una estructura que está funcionando bastante bien. Después tiráis algo medio disonante y luego resolves. A mí me cuesta a veces muchos meses, o en algunos casos incluso años, tratar de resolver esas cosas de una manera interesante. Por lo general cierro por el camino más… como más me devuelvo, o siempre se soluciona de una manera que no es la que tenía imaginada en mi cabeza.

Pero cada vez creo que se ha ido afinando más el tema de la producción, como considerar la producción como un elemento sensible. Creo que ahí sí he tenido grandes coproductores: Diego Lorenzini, Martín Pérez Roa y, actualmente, Arturo Segers, con quienes podemos hablar sin que haya un juicio sobre si algo es bueno o malo, o si va a quedar como hi-fi, low-fi o una mezcla entre ambas. Muchas veces la letra activa ciertas cosas en la producción.

Por ejemplo, en «Veneno» hay un momento en que como que “se me arranca un poco la moto”, me enojo un poco con lo que estoy diciendo y pasamos toda la banda, toda la batería, toda la grabación por un pedal de guitarra, por ejemplo. Ese tipo de decisiones… o no sé, “no funcionó una línea de cello”, hice un arreglo que después no funcionaba en torno a otras cosas que agregué, otros teclados. No tengo problema en pasarlo por filtros y mil pedales y después ese sonido que queda pasarlo por un méloda —y no autotune— hasta encontrar esas notas.

Como que no me caso con ningún timbre hasta no llegar a algo que en su conjunto funcione, y me gusta harto usar hartas capas, eso sí.

Yo, cuando chica, por ejemplo, usaba Cool Edit. Cuando era muy niña, a los 10 u 11 años, ocupaba Cool Edit y no sabía borrar pistas. Nunca supe borrar pistas, entonces por años lo que hacía era grabar cinco, diez, quince, treinta pistas de voz, hasta que entre todas las disonancias se encontrara cuál era la voz principal o la voz que aunaba la idea a la que quería llegar. Entonces sí, todavía me ha costado ser más mínima, porque tiendo a la adición: a solucionar las cosas agregando más, no quitando.

Con el tiempo aprendí a usar los silencios, pero como no estudié música ha sido todo un descubrimiento eso, y he empezado a disfrutar mucho más escuchar música. Antes analizaba mucho lo que escuchaba porque era mi única fuente de enseñanza: escuchar a otros, ver cómo resolvían sus propios problemas, por decirlo así.

Siempre que escuchaba música sacaba algo en limpio para mis propios problemas, y creo que ahora he podido disfrutar más. Ya sé más o menos qué quiero para cada canción. Pero sí, me gusta el error, por supuesto que sí. Trato de no forzarlo, quizás, pero cuando sucede me gusta incidir en él, que todo caiga con él y que todo… o sea, que se empiece a intencionar ese error, quizás, o a repetirlo.

¿Recuerdas la primera vez que sentiste que una canción tuya dejó de pertenecerte solo a ti y pasó a ser de la gente? ¿Cómo viviste ese momento?

CHINI:  Me ha pasado más de una vez, quizás… supongo que me pasó —claro— con Cinta Blanca. Creo que es una canción que agarró “vida propia”. Si bien yo sé que escribí esa coda, o sea, antes de la coda final hay una parte que se repite y es como bien de galucha, y la escribí con la intención de que ojalá cantáramos todos juntos y que cada uno pensara en esa persona que uno encuentra que es como “cabeza dura” y que no entiende lo que uno está tratando de decirle. Siempre me impresiona y, bueno, sobre todo me impresionó ahora, viajando a México por primera vez, que la gente como que “se saca” un poco en esa parte.

Es bonito el tema de la repetición; yo lo hago poco, y ahí se repite mucho esa frase. Es fácil de entender, es directa. Y, bueno, la canción que más siento que la gente se ha apropiado —y que me impresionó porque era algo muy personal— es Es tonto, del disco anterior. Para mí era como: “a mí me gusta esta canción”, pero no sabía si necesariamente se iba a entender, o si podría ser muy larga, muy lenta, no sé… o con mucha letra, muy enojada. Es una canción como un viaje, esas dos canciones.

Del disco nuevo todavía está sucediendo. Hay mucha gente que me ha escrito por Oro, como una canción más bien pastoral, y que hay que cantar: Javiera Aparra, Nando García, Laurela. También, por supuesto, Lava. Pero hay canciones que, claro, obviamente me llama la atención que conecten, que son más oscuras o folclóricas, como Hierro, por ejemplo, que habla de los secretos familiares, de los traumas familiares. Y hay gente que sube historias con esa canción, o grabando la naturaleza, como que están en un proceso de sanación y comparten eso, que es muy íntimo. Eso me hace sentir menos sola, porque yo también compartí algo en lo que quizás me transgredí un poco a mí misma, contando demasiado de mi propia historia.

Pero ha sido bacán. Como que, a través de Instagram, realmente siento una conexión con muchas personas. Y de nuevo, yendo a México, me di cuenta de que era muy, muy profunda. Nunca había ido. Desde 2014 que quería ir, desde que empecé con los Technicians; pasaron diez años. Entonces ir para allá y recibir regalos… recibí, por ejemplo, muchas cosas, pero recibí una serie de acuarelas donde había una por cada videoclip que he hecho. Un trabajo muy impresionante que hizo una chica, donde había una acuarela con cada uno de los personajes que he creado. Y yo nunca sé para quién estoy haciendo esto.

Hay gente que recibe algunas cosas. Por lo general, si no tienes un montón de presupuesto en difusión, tu trabajo pasa un poco desapercibido. Entonces lo que ella me dio al tocar, y lo que revisé después, para mí fue muy sanador, como un cierre. O sea, sé que es algo de lo que me voy a acordar cuando ya esté más viejita y cercana a la muerte, como: “bueno, quizás no llené estadios, y no fui mega ultra conocida, pero sí hubo personas que realmente se inspiraron en mi catálogo y me dieron este tipo de regalos”. Para mí es muy emocionante, como sentirme vista.

Más allá de tu faceta como artista, ¿qué concierto —al que hayas asistido como público— te ha cambiado la forma de pensar la música o te ha marcado profundamente? Puede ser alguno que hayas visto recientemente y que sientas que te movió todo.

CHINI: Este año, por ejemplo, me tocó abrir para Kim Gordon y St. Vincent aquí en Chile, y el concierto de Kim Gordon me voló la cabeza. Yo siempre he sido muy fan de Sonic Youth, pero lo que vi sentí que era como música del 2900, como estar en el futuro absoluto. Era una música muy mala onda, muy unapologetic, como que no pedía permiso. Siento que recibí una gran clase de hasta dónde puede llegar el rock, incluso sin necesidad de que suene tanto a guitarra, sino desde un bajo pastoso.

Las mismas visuales te hacían dudar de la vida, de si todo era real o irreal, porque era como una proyección en movimiento, hecha sobre un garage. A su vez, ese garage estaba siendo grabado, o la habitación donde había sido proyectado estaba siendo grabada, y eso se reproyectaba en el concierto. Entonces uno se sentía muy despersonalizado. Fue chocante, no necesariamente agradable, y eso me gustó.

Había momentos muy sublimes y de mucho triunfo, pero también era como una suerte de “pálida de hongos sin hongos”, ¿cachai? Como un mal viaje, pero inducido por el poder de la música, las imágenes y la iluminación. Ese concierto estuvo increíble.

Y bueno, como contrapunto, vi a Stereolab hace no tanto, hace poquito. Y claro, todo lo opuesto: si esto era pastoso y oscuro, Stereolab era luminoso, ligero, tenía todo lo que uno pudiera esperar. Yo ya había tenido la suerte de ver a Stereolab antes, cuando fui a tocar a España, en un bar, en un local no tan grande, y ahora me tocó verlos en un gran festival, y creo que aprendí mucho.

Mi foco siempre ha estado en las artes visuales —yo soy artista visual— y ellos, como presencia escénica, no eran personas de moverse mucho ni de grandes gestos: era la música la que hablaba por sí misma. Y también fue una gran clase de decir: “bueno, es hora de defenderse desde las bases también”. Yo muchas veces trabajo con cosas que dejo grabadas en la CPD y después le pido a mi baterista que las dispare mientras yo toco otras cosas, pero me gusta la idea de experimentar cada vez con formatos que se sostengan por sí mismos, que sean más sencillos y que dependan de la habilidad de mis músicos.

Entonces, cuando vi a Stereolab fue como: el guitarrista, el tecladista, el batero —para qué decir— y bueno, Lætitia tocando realmente de todo, haciendo cosas muy interesantes y variadas, tocando “Bronce”. Su presencia fue muy sutil, muy musical y elegante, y fue tremendamente inspirador verla en el escenario.

Si tuvieras la oportunidad de hablar con la Chini que empezó este año, ¿qué le dirías ahora, ya que está por terminar diciembre y mirando hacia lo que viene el próximo año?

CHINI: Creo que la felicitaría porque se ordenó harto este año. Como que me prometí a principio de año llevar a cabo un plan: dirigir cuatro videoclips, dirigir tres singles, presentar este disco, terminar este disco, trabajar en distintos medios —como animación—, usar prótesis, expandirme un poco más también como audiovisual y lanzar un disco que fuera sencillo, que hablara de la infancia. Le diría que, entre medio del año, nos van a salir cosas muy importantes: festivales, teloneos.

Y ya para el siguiente año le pediría que descanse un poco. Aún no que descanse del todo, pero sí poder encontrar un equilibrio, porque la música también se alimenta de la vida. No tiene mucho sentido solo vivir para trabajar, si bien es algo que me alimenta mucho.

O encontrar maneras de gestionar todo de forma que sea algo orientado al crecimiento. A veces me dejo llevar, como cuando quiero mucho hacer algo, y arrastro a todo mi equipo con un “vamos a hacer esto”.

A veces pierdo un poco el foco de lo que en verdad es importante, que es pasarlo bien. Todo esto lo inventamos, en realidad, para pasarlo bien, para crecer, para aprender. Me gustaría que el próximo año pudiera aprender más cosas: aprender más guitarra, aprender más de guion, no solo quedarme en lo que ya sé y seguir “revolcándome” en mi mierda, sino tratar de aprender cosas nuevas.

Abrirme a aprender de otras personas y también empezar a hacerme el tiempo para consumir más arte, más teatro, como desenmimismarme un poco. Porque creo que este año, al ser un año de lanzamiento, estuve muy centrada en eso: en este disco y en poder presentarlo a cabalidad, con todo su imaginario, etcétera.

El próximo año se viene el lanzamiento en vivo, que también es otro quilombo teatral, con actores y todo, pero confío en que se va a poder hacer de la manera que está planeada, y dejar momentos para el disfrute también, como empezar a priorizarlo.

Creo que siempre he vivido muy culposa de dedicarme a lo que amo y, por ponerlo de alguna manera, a veces lo vivo casi como si fuera un “tormento”. Y creo que este disco fue menos tormentoso que el anterior.